I
Son las cinco de la mañana de un día, a dos años del fatídico de la Covid. Pedaleo. Llevo en el pecho a Adriana, una niña de once años que sus padres abandonaron al nacer, y desde entonces ha sido paciente del Hospital Pediátrico de Manzanillo. Sé de ella por Cándido Fabré, el cantautor, y por Filiberto, entonces chofer de la emisora, que a cada rato van visitarla. La recuerdo al pasar sobre La Paloma Azul por la intersección entre las calles Maceo y la avenida Camilo Cienfuegos rumbo a Cabo Cruz, y al ver a un médico y dos enfermeras que caminan, seguramente, hacia el hospital.
No conozco a Adriana personalmente. Tiene madres multiplicadas en las enfermeras de la sala de terapia que la miman y cuidan como a una hija, tiene padres muchos en cada médico que la atiende y tías en cada doctora, tios en el personal de mantenimiento y los guardias, cariño de las auxiliares. ¡Qué grande es la familia de Adriana!
II
"Mal rayo me parta", es lo que uno se dice si se te poncha la bici a 7 km de la casa, pleno mediodía, cuando ya te arden los ojos por el sol y el sudor. Te duelen las nalgas, las piernas, la espalda y la cervical.
"Hermano, ¿Por aquí habrá un ponchero?"
Le pregunto a un joven que espera un transporte bajo la caseta de una parada del bus en un lugar llamado El Congo, entre Los Letreros y San Francisco.
"Ponchero, no. Pero en la casa verde, al lado del consultorio, hay una bomba de aire".
Y allá voy. Una casita humilde. De cubierta de abesto cemento, de esas que se irían a bolina si batiera un huracán. Al ver que el gusano (válvula) de mi rueda no se entendía con la manguera de la bomba, de la era soviética (mi gusano es de los duros, diseñado por los americanos,según me explica, y yo pensando en la polisemia y ciertos blogueros), el dueño va hasta su propia bicicleta, le saca el gusano a la goma delantera, y me dice:
"Vamos a ponerle este. Luego mi hijo le quita el muelle al tuyo, que es lo que lo hace duro, y se lo ponemos a mi bicicleta".
Y al minuto la goma se hincha.
El de la bomba se fija en que me llevo la mano al bolsillo:
"De eso nada, compay. Yo lo veo pasar a usted por aquí a millón. Y ya me dijo que hoy ha recorrido casi 100 km. Se ve que se está preparando para algo duro".
Lo hubiera abrazado si no fuera por la COVID.
III
Y el Dios de los Ateos me castiga. No me parte un rayo a mi. Le parte dos a la llanta trasera y la tuerce, parece que por coger un bachecito con poco aire pues lo ha ido perdiendo por alguna fisura. Estoy justo frente a la entrada de San Francisco, como a 6 km de casa. Decido caminar.
Al terminar de subir la loma de El Merendero, mi reserva de agua está caliente. El sol me está derrotando. Entonces lo veo. Lleva sobre sus hombros dos sacos que contienen trozos de madera. Un anciano de apenas 1 metro 55 cms de estatura:
"¿Te ponchaste, mijo?"
" Y se me torció la llanta".
Caminamos juntos. Yo con La Paloma Azul a cuestas. Él con la vida:
"Me eché 21 zafras y me jubilaron con 300 pesos, mira tú. Entonces vine para allí, al doblar para Guasimal, con mi mujer a la que ya le han dado dos isquemias. Levanté una casita con mis manos. E hice un pozo buscando agua para sembrar unos 17 cordeles. Pero huesos fue lo que encontré. Cantidad de huesos. Se lo dije a los jefes de por aquí y mandaron a unos tipos que dijeron podría ser un enterramiento aborigen pues por ahí mismo pasaba el camino real cuando no existía esta carretera"
"¿Y de verdad eran de aborígenes?"
"¡Vaya usted a saber!. Nunca más volvieron por aquí. Y yo cogí to la huesera, y la volví a enterrar en otro lao. Porque tenía que arar y sembrar, porque hay que vivir. Y mucho trabajo pasé pa que me pusieran agua. Y la corriente la cogí de un almacén. Vino uno y me quiso poner mil 200 pesos de multa, pero le dije que lo pensara bien, que yo tengo una lengua larguísima y que iba a contar to el peloteo, y entonces na má me puso 60 y a los dias me pusieron la corriente".
Y así caminamos juntos como 3 km hasta la entrada de Guasimal.
"Mire, esa casita que se ve allá. Ahí tiene su casa. Cuando ande por aquí llegue, que un poco de berenjena y cariño se va a llevar, porque mis 17 cordeles algo dan. El médico que me operó de la hernia me dijo que tenía que reposar seis meses. Ta loco ".
Tiene 74 años. Mide 1 metro 55 centímetros.
"Los trozos de madera son para sacarle los clavos y ayudar a construirle algo a una vecina".
Ni he sentido el tramo con su compañía. Y ahora yo, tan blandito, me quejo del sol y mis calambres, y mis dolores, que nunca han producido ni una berenjena para brindarle a aquel que camina con uno...
IV
Justo cuando de regreso corono la loma antes de llegar al lugar donde he visto caminar a un médico y dos enfermeras, me llega la noticia. Adriana, la niña de la familia más grande, ya no sonríe más. Su cuerpo quebró, se quedó como huella de ternura. Los patólogos buscan ahora la causa específica de su viaje al recuerdo. Yo sé que no fue por falta de amor y cuidados.
Aquel día en el hospital pediátrico "Hermanos Cordovés", de Manzanillo, la lluvia de los ojos ha caído mucho antes de que llegara el huracán Irma.
Epílogo
No suelo creer en Dios. Me han dicho que sus designios son inescrutables. Tal vez por eso, Adriana, ya no está...
Hubiera querido regalarles una crónica a ella y a sus padres, madres, tías y tios del hospital pediátrico de Manzanillo... Al amigo que evita me quede sin aire, al anciano que lleva una vida a cuestas. Pero amenaza ciclón, Corea del Norte hace pruebas nucleares, se habla de las elecciones en Cuba, Trump quiere un muro que lo separe de Méjico, llega La Covid y mata, y Maduro madura, la coyuntura, los pretextos propios y ajenos...
En fin, por temor a que mañana el viaje de Adriana pase inadvertido entre tanta gente preocupada, se los he contado hoy...
Ojalá todos en esta humanidad, sigamos ese hilo, que conduce al sol...