Por: Armando Fernández Álvarez
Sentado en su butaca, en los momentos mas animados entre los oásis de bienester que permiten el virus y las lagunas de la memoria de 106 años de vida, sale a recordarme, y le ayudo en nuestras vivencias.
No recordamos por qué la derribaron. Era enorme aunque corta. Las algarrobas fueron o son los árboles para sombra predilectos de los ganaderos camagueyanos. Aquellos eran tiempos de ofensiva y revolución, y derribar la palabra preferida. A veces derribaban latifundios, otras molinos de viento, otras arboles nacidos y criados en el lugar equivocado, para el administrador revolucionario. Un dueño de finca lo pensaba diez veces.
"Está al borde de la guardarraya", decia mi viejo.
El administrador con el disgusto a flor de rostro vino donde mi viejo y con rabia le dijo: "Su amigo Sumaquera no pudo, vaya haber si ud. tampoco". Viró la espalda y se fue, como si no fuera doble el agravio para el viejo, y verguenza para él.
Al principio se quedó sin respuesta, iracundo. Luego se serenó, desenganchó la carreta y solo dejo mecate y cadena que fueron a rastras detras de los bueyes, dejaron huellas serpenteantes, en el polvoriento camino, como las que dejan los agravios y las humillaciones en lo profundo de los hombres.
Cuando vi el bolo ladeado, apoyado en una de las raices cortadas, me apené por el viejo y los enyugados: "no podran pensé". "¡Sobre terreno recien arado! No podrán".
El Viejo le dió la vuelta al algarrobo, atornilló las cadenas en el tronco y regresó donde los bueyes.
"¡Arriba Navegante, vamos Perla Fina!" Y halaron directo pa' la guardaraya.
Metro a metro, palmada a palmada, con las cabezas gachas, cada músculo de sus enormes cuerpos tensos, pujaron por sus dilatadas narices perforadas por el hierro del narigón. ¡Avanzaron!
Los puntos salientes del algarrobo iban abriendo surcos, otra vez, sobre la tierra ya surcada: como la vida una y otra vez repetida. Olor a raíces, a estiércol, a tierra arada, mil veces antes respirada, hasta que llegaron al camino real.
De regreso al batey nos topamos a Sumaquera y El Viejo, sin preámbulos, le soltó en la cara: "Dile a tu amigo, el administrador, que el algarrobo ya está donde él queria y mis dos bueyes cansados pero sin chorrear sangre. ¡A ver si aprenden de campo!".
Llegó la luz. Hoy el apagón solo duró de seis a nueve.
Orgullo de estar junto a él.





