Apenas el viajero asoma a la terminal de última hora de Villanueva, en La Habana, aparece el personaje:
"Arriba, tengo pasajes en las guaguas de Niquero, Las Tunas, Holguín, Mayarí. Se paga normalmente por la taquilla sin problemas".
"¿A cómo?". Pregunta el viajero.
"A dos mil 700 pesos más lo que vale el pasaje por el estado".
"Deja, no me interesa".
"Pues te pasarás una semana ahí" - exclama burlón a la vista de dos policías que se pasean plàcidamente por la terminal.
La escena se repite decenas de veces, cada hora del día o la noche en la terminal también llamada "de lista de espera" de La Habana. Un pasaje para Manzanillo, por ejemplo, vale oficialmente 200 pesos pero debes anotarte en una lista que hace un funcionario o funcionaria de la terminal, y esperar que haya capacidad disponibles por viajes extras o fallidas de las que han sido reservadas.
Los pasajes de ómnibus para rutas interprovinciales se reservan con un mes de antelación, de dos modos: o bien a través de una aplicación electrónica que solo funciona con óptima conectividad -un lujo extrañísimo en Cuba, la óptima conectividad- o haciendo una cola que puede durar días en algunas de las agencias de viaje de la Empresa Estatal -dizque socialista- Viajero, que es la encargada de esos menesteres. Alrededor de las agencias, y a la vista de todos, hay coleros especializados en comprar los pasajes y revenderlos a quienes lo necesitan, y no pueden hacer colas porque, entre otros asuntos, tienen que atender sus propios trabajos.
Cuando no eres un nuevo rico para pagar al colero o no puedes planificar tu viaje 30 dias antes y tú mismo hacer la cola , o no logras conectar con la aplicación, o te surge la necesidad de viajar de improviso, te quedan dos alternativas:
1.- Sentarte pacientemente en una terminal hacinada, con servicios carísimos y deficientes, a esperar que llegue tu turno en la lista de espera (lo cual puede demorar varios dias).
2.- O apretarte las entrañas y caer en las fauces especulativas de uno de esos intermediarios, y soltar por encima diez veces lo que vale el pasaje estatal o un tercio de lo que pudiera cobrar el privado o arrendado, si no existiera el intermediario.
Porque, aclaro, el especulador burdo no solo afecta el servicio estatal sino también el privado o arrendado. Ni tampoco es un problema exclusivo de la terminal de Villanueva en La Habana. El mercado de los privados -que prestan servicios en camiones de desigual confort o, algunos, sin ningun confort y poco respeto por los límites de velocidad establecidos- es una burla al concepto de oferta y demanda. La práctica es que los dueños de los camiones se ponen de acuerdo entre ellos e imponen un precio básico, y los cargadores -tipos que se adueñan de las terminales y gritan el destino a voz en cuello- también se ponen de acuerdo e imponen otro precio para ellos sacar lo suyo.
Si algun dueño, llamador o chofer baja el precio obstensiblemente de modo reiterado porque quiere irse más rápido o porque no quiere que intervenga el llamador, corre el riesgo real y tangible de que su camión tenga algun misterioso percance técnico en el parqueo o, incluso, en la carretera amén de los peligros que pueda entrañar lo cual pone el negocio en la frontera del crimen organizado.
Esta madrugada, en Taguasco, le escuché decir al chofer de uno de los ómnibus arrendados que allí se detenía: "Pero ustedes son unos vainas, porque si vienen directamente con nosotros [los choferes] el pasaje les cuesta 700 pesos menos" "Y ustedes unos sinvergüenzas, porque si quisieran brindar el servicio directamente para que no se inflara por esos tipos, ustedes entraban a la terminal de Bayamo y se anunciara la guagua normalmente". "Pero si hacemos eso nos señalamos entre los colegas, te apartan y te marcan, y si un día necesitas ayuda porque te pasa cualquier cosa en la carretera, eres un apestado.
Ayer en la tarde, en los alrededores de las terminales de ómnibus de Bayamo, había dos camiones privados en cola para cargar pasajeros a La Habana y un ómnibus arrendado. Otro ómnibus arrendado esperaba por ocuparse plenamente a un kilómetro de la terminal. La terminal de Ómnibus Nacionales estaba prácticamente vacía sin embargo, la trabajadora de esa empresa estatal -dizque socialista- me dijo que no podía anotarme en la lista de espera pues ya estaba completa. O sea: el problema no era falta de oferta, había probablemente más oferta que demanda. El problema es el desorden, la anarquía, la falta de normas y control gubernamental y la desprotección a la cual está sometido el cliente, el pasajero.
¿Por qué el Ministerio de Transporte y los gobiernos territoriales no licitan las rutas interprovinciales, oficializan y norman el funcionamiento de agencias de viajes privadas, le organizan itinerarios a los arrendados y privados y establecen normas de calidad razonables de obligatorio cumplimiento?
"Hay dos respuestas", me dice un viejo ex-transportista y ex dirigente sindical ya jubilado. "Porque el caos le deja jugosas ganancias a mucha gente, incluso, a gente a la que el pueblo les paga con su sudor e impuestos, precisamente, para evitar el caos".
"Esa es una respuesta... ¿Y la otra?"-le pregunto.
"La otra es que si publicas un reportaje que denuncie el tema, el grado de degradación social es, a mi entender, tan grande, que para algunos serás el chivatón que está queriendo poner malo el picao y, para otros, un comemierda que no acaba de entender que nadie lo va a poder resolver, que ya esto se cayó hace rato, sólo está rodando...



