Otra vez la página en blanco, San Cho.
Había garabateado unos cuantos párrafos con tu historia y ahora no los encuentro entre toda esta raleza textual, perdidos a medio camino entre la utopía y la abulia. Es la página en blanco de tu vida infructuosa y, como están de moda las novelas donde el narrador personaje es cierto escritor frustrado, he decidido, San Cho, contar tu historia desde la historia de mi déficit de pericia para narrarte.
Nada puedo redactar sobre tu nacimiento. Después que El Manco escribió en un lugar de la Mancha… Ya sabes, ni Borges ha logrado superar tan majestuosa fe de vida, y no seré yo quien lo vuelva a intentar. Lo que sí puedo asegurarte es que todavía eres un chiquillo sin abuela, que lloras como un bebé cuando una mujer te descubre las poquedades, y cada noche te flagelas ante la certeza de que ni siquiera llegarás a escritor mediocre, con tantas adjetivaciones y subordinadas, que hasta un libretista de culebrones radiales se reiría de ti.
Y ese llanteo, San Cho, te viene desde que tu madre nunca te felicitó por un logro escolar y tu padre, sólo por llevarle la contraria, te daba palmaditas y le decía a sus amigos que eras un genio, que a los seis años resolvías ese ejercicio aritmético de adiós bandada de cien palomas, y a los catorce años, en una escuela para cerebritos, descubriste que todos tus compañeros de clase lo habían resuelto también, incluso antes de los seis años. Desde entonces decidiste que lo tuyo no serían las matemáticas, y que Einstein podía tragarse su relatividad, los cuantos luminosos y las micropartículas, con ambas bombas incluidas, que tú serías escritor y que las palomas, si acaso, te servirían para cagarte mientras te masturbabas en el cobertizo donde tu padre guardaba sus herramientas de mecánico.
No sabes la razón –ni yo, menos- por la cual nombraste Ana a tu primera heroína, (aquella que sentaste en el banco de un parque pueblerino y la pusiste a conversar con Aristóteles, Platón, Aquino, Descartes, Kant, Marx y Proudhon) el asunto es que lleno de esperanzas –y de faltas de ortografía-, enviaste el texto a un taller literario y te lo despedazaron unos tipos que jamás habías leído. El peor insulto lo recibiste del más ebrio de todos, aquel que te conminó a que botaras el diccionario filosófico de Afanasiev, y que después hizo plata como camionero, el muy farsante.
El descalabro de aquel cuento de Ana sentada en el banco del parque, lo razonaste al cabo del tiempo cuando leíste Noticias del Imperio, radicaba en que Ana era una sencilla muchacha de campo, sin abolengo ni ambiciones, nacida en una familia donde mezclaban el comunismo científico y el Nuevo Testamento, y el resultado era un matrimonio infeliz y un par de bofetones lo cual, cualquiera comprende, resultaba demasiado irrelevante para el diseño de una nueva cosmogonía.
Desde entonces decidiste que tus personajes, todos, serían genios, grandes descubridores, transformadores de la Humanidad, bienhechores del futuro ajeno. Y como, eso sí, siempre has sido un tipo consecuente con tus obstinaciones, tengo que dejar de narrarte San Cho porque eres, en tu intrascendencia, la antítesis de ti mismo. En fin: que tú nunca podrías narrar la historia de un personaje que, cuando al fin alguien lo elije para narrarlo, se deja vencer por sus complejos. ¿Verdad San Cho?
Sería por eso que no logramos superar la página en blanco. Y aquí estamos a medio camino entra la esperanza y la distopía...







