Esta madrugada llegamos a UN MILLÓN DE VISITAS en OtraCita.
¡Somos millonarios!
Gracias a todos los que comenzaron y ya no están, y a los que se mantienen a pesar de mis incompetencias.
Abrazos.
Esta madrugada llegamos a UN MILLÓN DE VISITAS en OtraCita.
¡Somos millonarios!
Gracias a todos los que comenzaron y ya no están, y a los que se mantienen a pesar de mis incompetencias.
Abrazos.
Hay un momento de la incipiente mañana en que los mosquitos realizan la entrega de guardia a los jejenes. Parecería que picar a cada vertebrado que encuentran en su radio de acción, forma parte del ritual solemne con el cual los culícidos abandonan su afán acojonante de no dejar descansar a los rastreros y llegan los papatasis (que no paparazzis) a continuar con la tortura.
No sabría yo decirles a cuál Coyula se refiere el nombre de la calle que nombra el servicentro. Probablemente sea por Miguel Coyula Laguna, un escritor y luchador independentista escogido por el municipio Regla como su patriota insigne. Menos probable resulta que se refiera a Miguel Coyula Aquino, cineasta cubano de mi generación, cuyas películas La Cucaracha Roja y Memorias del Desarrollo, jamás ha puesto nuestra televisión, la misma que nos "regala" dos bodrios de terror -terroríficas estéticamente- la noche en que nos muelen los dípteros en el servicentro de Coyula, a la salida de La Habana, ahí mísmitico, por la entrada fea sin señalizar, para la cual hay que atravesar el irregular separador de la Autopista Nacional con más baches que riñones humanos hayan sufrido jamás.
Los rastreros con experiencia de las provincias cubanas, que vienen a La Habana, prefieren descansar en la explanada aledaña a Coyula en cuyos márgenes está la base nacional de la empresa de Transcontededores: "Nunca nos han intentado robar aquí. Antes venían dos o tres 'luchadores' con sus vasijas a 'rapiñar' un poco del petróleo del que ahorramos. Y ellos mismos nos cuidaban la carga mientras dormíamos. Pero hace rato no aparecen..."
"Se habrán ido para Nicaragua" -dice un camionero joven que hace tres días intenta completar el combustible que necesita para regresar a su provincia: "Mi rastra está arrendada, 'mano', y el dueño de la mypime me mandó pa acá na má con el petróleo de la ida, compay, y como no estoy en ninguna lista ni priorizao, hay que luchar el regreso..."
Hay múltiples variantes de lucha en todos los servicentros de Cuba. No voy a mencionar ninguna. Primero porque todos quienes deben conocerla, las conocen. Estoy seguro. Lo mismo quienes agudizan el problema cuando en sus manos está encontrar fórmulas para aliviarlo que quienes sacan ventaja hoy y se ven afectados mañana, como quienes hacen de la escasez un modus vivendi, ¡qué viven muy felices, no digo yo!, en nuestra peremne crisis. Segundo porque no voy a facilitarle chivos expiatorio a los mismos que contribuyen a agudizar esta lucha. No se trata de un lugar, ni de un hombre, ni de una empresa, ni de un sector disfuncional. Se trata de una sociedad. Un país.
Al amanecer nos reunimos alrededor de una fuente de agua potable, nos aseamos y conversamos. Llega un guantanamero que mal vive por los alrededores y nos vende "café de allá, nagüe", a veinte pesos el vasito plástico. ¡Es una bendición! Se habla de todo. De la vida de los rastreros en la yuma, de cómo asaltaron un convoy de rastra a la salida de Santiago y le robaron parte de la mercancía a una con todo y escolta policial, de los métodos que usan los malhechores para abrirte el contenedor aunque vayas a 80 km/h, de lo difícil que es pasar por Sagua de Tánamo, de los cables eléctricos por debajo de los 4.25 metros establecidos de altura, de los inspectores jodiendo a las rastras con matrícula estatal y dejando que los camiones privados hagan lo que les de la gana y amontonen a pasajeros y mercancía en sus cabinas como si fueran vacas, de los policías de Camagüey, Aguada y Rodas que te custodian y alertan y de los otros que se esconden para aparecer y multarte por cualquier cosa...
"A nosotros nos mandaron a cuatro rastras urgente a cargar harina a ochocientos kilómetros de nuestra base. A nuestro director, del gobierno lo tenían loco con la 'operación no sé qué cojones' porque se trata de la comida del pueblo y, en una tarde, alistamos los equipos, vinimos a toda máquina para llegar cuanto antes, echando petróleo de buchito en buchito en cada provincia por la que pasábamos y, cuando llegamos al Mariel, resulta que los contenedores aún no habían sido liberados. No pudimos cargar. Y aquí estamos. El director se entimbaló y nos dijo: 'Hagan lo que les de la gana. Regresen vacío si quieren' pero luego parece que respiró y lo pensó mejor: 'Vamos a buscarles carga con quiénes sean'. Yo la encontré con una Mypime con la cual tenemos contrato. Pero las Mypimes no están priorizadas -la harina, sí- y ahora no estoy en ningun listado así que me toca luchar para regresar cargado a mi base, y no dejar pérdidas".
El Gordo Feliz está de cumpleaños. Lleva dos noches "durmiendo" en Coyula pues su carga, y su empresa, tampoco están priorizadas. No le pueden echar del combustible que queda en la bomba. Pero ahora está feliz porque, al fin, aparece en el listado de los que podrán habilitar, aun sin ser priorizados, si llega el camión cisterna para proveer al servicentro: "Son las tres de la tarde. Ayer llegó más o menos a esta hora", me dice esperanzado mientras, por enésima vez, le responde a su esposa por what apps que esté tranquila, que en cualquier momento él sale con su Internacional de los años ochenta, que él llega, que tenga fría la cerveza...
Ninguna de las rastras cargadas o por cargar, lleva o llevará mercancías que la gente no necesite, sin distinción de la forma de propiedad de quiénes la gestione. Hay alguien, en algún buró, que decide cuál debe llegar primero, cuál debe llegar después, y cuál debe llegar si un montón de gente se dedica a luchar. Esa son las reglas no escritas. Y todo es, ya lo ha dicho El Presidente, porque "las divisas no nos alcanzan".
A las cuatro de la tarde vamos por la Autopista Nacional. Nuestro cliente, un extranjero que estudió medicina en la ELAM, se casó con una cubana y ahora es el administrador y financista del negocio privado de la esposa, me va explicando las causas del ataque de Hamas a los israelitas desde que los ingleses cedieron parte del territorio palestino a los judíos errantes. El hombre tuvo paciencia: "Yo entiendo cómo es Cuba, tranquilo, hermano, entiendo cómo es Cuba"...
No sé cómo puede entendernos. Ni yo mismo puedo. Pienso cuando un cartel me recuerda que el bloqueo existe.... y la lucha sin la cual, quien sabe, si existiríamos.
Llegando al kilómetro 259 dos rastras International de los años ochenta nos adelantan como a 100 km/h. Suenan alegres las cornetas y le respondemos el saludo. Son el arrendado y el cumpleañero uno detrás del otro...
"Coño, menos mal que resolvieron. Van que jode con los suyos..."
Nos miramos en silencio pero el cliente, el chofer y yo, seguro vamos pensando lo mismo...
Por: Yadira Albet.
Mis vecinas no ven el eclipse. No les interesa. Y no es que sea gente insensible sin amor a la naturaleza o incapaz de apreciar belleza y maravillas. Simplemente están ocupadas con otras cosas. La supervivencia es cosa seria, muy seria.
¿Por qué digo esto? Simple: a veces detenerse a ver un eclipse o un zunzún es un privilegio. Aprender a apreciarlo y priorizarlo. Moverse en esa dirección.
Yo no lo estoy viendo por vaga que soy. No quiero salir a la calle. Pero me encanta la luz atenuada porque la canícula caribe me tiene los ojos fritos.
Necesitamos más de estos. Va y la gente que de forma habitual no tiene tiempo ni cabeza para eso tiene un chancecito para disfrutarlo 😉
No llega a sesenta años. En su rostro surcan los kilómetros recorridos. No sé si se va fijando en el arcoiris que duerme la siesta sobre el horizonte de la autopista nacional. Sus riñones sufren el traqueteo del camión con un arrastre de 28 toneladas. Son los baches del bloqueo y la mala administración. En mi caso, sufre la cervical. Junto a la cabina rodamos un hombre cuya pasión desde adolescente es la carretera. Y otro que abdicó de tal reinado, rompió una dinastía de mecánicos automotrices, electricistas y choferes, para frustrarse como artista y volver al mismo punto...
"Aprende, compay, que si un día no te sirve para vivir puede que te sirva para no morir". -me decía El Viejo cuando yo tenía unos nueve años. Él era uno de los mecánicos de la base de ómnibus escolares de Manzanillo:
"Hay cosas en la vida que simplemente no se pueden revertir si se trastocan" -Dijo La Vieja un día, no sé por qué. Y El Viejo: "Bueno, pero una caja de velocidades siempre se puede revertir, si uno se aplica y aprende. ¿Verdad, mijo?" Y de nuevo se empeñaba en que mis manitos -que aun de hombre siguen siendo pequeñas- acomodaran la palanca de una caja de cambios de una de aquellas guaguas Girón V, y pusieran en su lugar los bolillos de seguridad para que no entraran dos velocidades a la vez, ni se trancara la transmisión del movimiento. Y cuando yo no lo lograba, se encabronaba y soltaba un: "¡Manos torpes, carajo!"
Rafa, el rastrero -trailero, les dicen en otros lugares de latinoamérica- y yo tenemos más o menos la misma edad pero él, mi compañero de viaje, parece mucho más viejo aun con su esbeltez. Acumula las arrugas de noches sin dormir, sustos ante la imprudencia y el infortunio, roturas y no pocas injusticias... A la una de la madrugada se repite el intento del mecanismo defectuoso de entrar dos velocidades a la vez, y vuelve a trabarse.
Rafa pretende tirar la toalla. Lleva casi 48 horas en la carretera desde que salió a cargar, se nos rompió una correa en el kilómetro 205 de la autopista nacional, llegó la policía a custodiarnos y a la carga de aceite, nos pusimos a atender las paradas solidarias de otros camioneros, luchamos contra los mosquitos en medio del monte, un pastor evangélico nos buscó agua para el radiador en casa de un campesino paupérrimo al que le regaló una camisa, solucionamos la avería con un machete y un trozo de madera, y una correa de mayor diámetro que la adecuada...
"Aquí nos quedamos hasta mañana" -me dice cuando la primera velocidad se pone testaruda a la salida de Las Tunas, y no cede el poder a la segunda, ni a la tercera, ni a la cuarta... generación de movimiento. Es sabido que cambiar, cuando el sistema está defectuoso y es duro, puede volverse un verdadero calvario, pienso, y digo en voz alta:
"Pero no vamos a rendirnos, hermano. Venga, deme las llaves que yo desarmo y vuelvo a acomodar esa mierda. De niño se lo vi hacer muchas veces a mi padre" -le cuento- Y yo mismo lo he hecho... -le miento.
Un ómnibus pasa a exceso de velocidad en la misma dirección nuestra cuando logramos volver a acomodar la palanca. En realidad fue el propio Rafa quien hizo el trabajo. Yo sólo atiné a sujetarla en la posición adecuada. Tomó las llaves. Tal vez se sintió retado por mi determinación o, simplemente, se dijo: "Coño, pero si la verdad estoy a menos de ochenta kilómetros de mi esposa"... O recordó la llamada de su nieto, de apenas tres años, la mañana anterior "Abuelo, me traicionaste. Me dijiste que dormirías conmigo..." ¡Qué sabe un niño de correas deshechas y cambios que se resisten a caer!
Volvemos a rodar. La hermana del chófer me comenta: "Menos mal que vienes con nosotros si no nos quedamos aquí hasta mañana...". No lo creo. Este hombre ha hablado tantas veces hoy con su mujer y su nieto que no se iba a conformar con tenerlos a menos de dos horas de recorrido. Lo que pasa es que, a veces, se necesita una blasfemia y un empellón para seguir adelante.... "
¡Manos torpes, carajo!
Unos kilómetros antes de Vado del Yeso, vemos el ómnibus que nos había rebasado a exceso de velocidad estrellado contra un tractor agrícola. Parece no fue tan grave o el bus iría sin tantos pasajeros porque no se nota heridos ni ambulancias por los alrededores.
"Eso es lo que da ir a millón" -digo yo.
"Estaría loco por llegar a su apagón" -dice Rafa, tal vez, pensando en si mismo.
En estas líneas, el historiador manzanillero Delio G. Orozco González, es interpelado por su homólogo holguinero José Abreu Cardet en busca de información sobre uno de los símbolos de la ciudad de Manzanillo; también para sacar a la luz los esfuerzos hechos en pos de su difusión y, al mismo tiempo, colocar en picota pública los impedimentos que, cual avalancha disolvente, han frenado la asunción colectiva de un símbolo identitario.
Esto lo descubrí en medio de la Autopista Nacional, entre mosquitos y esperanzas de encontrarle solución a la rotura de una rastra.
Por: Armando Fernández Álvarez.
Hoy tengo un oído fuera del área de cobertura y el otro en lista de espera.
Pocas cosas caen del cielo como la lluvia, los truenos y el maná. La mayoría son consecuencias y estragos del tiempo. Conozco algunas.
Hace sesenta, la niñez de mis seis años era, junto a la de mi hermana y una vecinita, bajo la lluvia coger almendras que la furia del viento hacian caer sobre nuestro portal.
Para los mayores sería un huracan. Para nosotros, no ir a clases y una diversion.Tantos dias de lluvia y almendras dañaron mis oídos, quizás predispuestos, y estallaron entonces en secreciones oscuras sobre la almohada. Mi viejo, preocupado, acudió a mi tio Pacheco, dueño de un De Soto del 48 que era su orgullo.
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| Armando en 1966, cuando aun era bonito, junto a su vecina durante un carnaval infantil |
Pacheco tenia dividido su dia en tres secciones: una de mecánico como sustento, otra "pasándole la mano al De Sotu" y la tercera de ron, guitarra y tabaco. La última la gozaba él con sus boleros, desquiciaba a mi refinada tia y me divertía a mi.
Pacheco era Pacheco pero cuando oyó: "Está enfermo Pachirolo" (asi me llamaban él y Cipriano, el bodeguero) saltó como un resorte. La idea era llevarme al hospital de San Juan de Dios, sitio sagrado donde quemaron los restos de El Mayor. No pudimos llegar. El río Hatibonico, salido de su cauce, ocupaba parte del centro de la ciudad e impedía el paso.
De regreso al barrio una vecina, enfermera muy anciana, sentenció: "Eso no tiene otra salida que la penicilina", y le dio a mi viejo varios bulbos.
Entonces entró en acción Cuatro Pelos, el barbero del barrio. Era un domador de niños en su barberia. En aquellos tiempos, todos los chamas pataleaban en el sillon. No sé por qué no sucede ahora.
Cuatro Pelos llegó a casa y, haciendo gala de su magia, preparó bajo mis narices la jeringa mientras me contaba sobre el perico mal hablado de su barberia, del mal genio de su perro guardián o del catey de su patio que no hablaba pero tampoco paraba de joder.
Durante años, supe que ya habia pasado el susto cuando me regalaba el algodón con alcohol con que frotaba el pinchazo.
A las distancia de 60 octubres quisiera decirle con el recuerdo: Gracias mil por tu magia Cuatro Pelos, humilde barbero de barrio.
Luego vinieron otras crisis. La peor fue en el 69. Sembrábamos caña para "la zafra de los 8.5 millones" en las márgenes del rio Tana, municipio de Amancio Rodríguez.
Era el sexto grado y la niñez nos divertia otra vez bajo los aguaceros del campo, baños en el rio: en el "charco de la turbina", a pesar de que El Turbinero nos asustaba con "hasta aqui llegan a veces los caimanes"
Por tanta agua explotaron otra vez mis oidos. La Directora, de apellido Vergara, montó junto a mi en un camión Zil Comercial de tirar caña. Atravesamos media provincia por caminos vecinales hasta llegar al nuevo hospital infantil.
Era La Vergara un ser especial. Un dia me llevó del seminternado para su casa y, Singer de por medio, ajustó a mi reducida talla el nuevo uniforme carmelita, de becado.
Nadie nunca imaginó que aquella exquisita maestra, de trato tierno, sabiduría de enseñar y principios éticos, un día de rabia perdonable ajusticiara a revolver a su nuevo esposo cuando descubrió que había violado y embarazado a su hija adolescente. Las leyes de los hombres la condenaron: yo la recuerdo, agradecido.
En la consulta, el otorrino explicó a mis padres las opciones: "operar el oido al 50% de éxito, o amigdalas y adenoides afuera como solucion paliativa. Optaron por la segunda.
La solución funcionó durante 50 años hasta que el ambiente agresivo de África: el polvo y el agua turbia de Luanda, revivieran la dolencia.
Ya en Cuba: colesteatoma, salon, cirugia, recuperacion y curas cada vez mas espaciadas hasta que un dia: ¡Mi cirujano se fué! Después de recuperarme de la sorpresa, no cabe otra que recordar con gratitud su trato, su comunicación y preocupación constante. Sus saludos cariñosos: "¡Armanditoooooo! Le deseo de corazón una próspera nueva vida.
En poco tiempo encontré un nuevo especialista, por suerte tan bueno como aquel, y hasta mas experimentado. Estoy en buenas manos y oyendo sus consejos... hasta que pueda.
El sol tiene manchas y la Luna cráteres. Muy por encima de ellas agradezco a la medicina cubana su desempeño. Es heróico, muchas veces, lo que logran con tanta precariedad de recursos, algunos despistes y burocracia.
Volviendo a los ciclones: en el Servicio Militarm estando en Jaranú, conoci dos mellizos que vivian junto al río Cauto cuando el huracán Flora. Un dia me contaron la tragedia. Se salvaron porque su tío quiso llevar la familia a sitio seguro. Sólo logró, mucha insistencia, que su hermano le entregara los mellizos porque: "¡No abandonaré la finca y los animales, aqui nunca ha llegado el rio!, fue la respuesta. Y se quedó a enfrentar lo que nadie conocía.
A los abuelos, padres y hermanos mayores de los mellizos nunca los encontraron. El agua alcanzó alli la altura de una palma . A la finca nunca más volvieron. Era demasiado el trauma.
Aquellos buenos amigos se empeñaron en una tarea imposible: enseñarme a tocar guitarra. Con los meses desistieron y trataron de salvar el escollo con instrumentos más sencillos. Ni claves, ni maracas, ni timbales: "No tienes oido para la musica" sentenciaron cuando se rindieron. Tenian razón. Toda la razón del mundo.
Todavía sigo así.
Sin oidos...
Por Elsie Carbó*.
Estimado Orrio:
Creo que deberías pensar en olvidar un poco a la compañera Rosa Luxenburgo, o al viejo Marx porque en definitiva ellos ya no están y por lo que sé, tampoco van a venir a poner orden aquí, y si lo hicieran andarían en Lexus o Audis, Toyotas o de esos más modernos, raudos y veloces con cristales oscuros por las grandes avenidas, con más deseos de regresar que de otra cosa. Así de sencillo, quién no recorra la Habana profunda, sus calles y sus barrios no puede dar mucha fe de lo que está sucediendo ni de lo que está por venir a la vuelta de unos pocos años.
Piensa:
Infanta rumbo al malecón, una puerta recién barnizada, cristales relucientes y un discreto letrerito en colores OPEN, y otro espacio, galaxia de sorpresas, gente joven sonriente con un menú en la mano, apoteósico, irreverente, no quieras ver, las mil y una noche. Esas puertas al cielo se repiten posiblemente cada 200 metros en cada cuadra, lo mismo en el Vedado, el Cerro que en Centro Habana, con ciertas diferencias geográficas o de construcción, emulan en cual puede lucir mejor y agradar más, luces que parpadean, pantallas cilíndricas y emplomadas, velámenes púrpuras con sabor a chocolate, hay quien se lanza al mundo de las artes y cuelga hasta las estampillas, Mariano Rodríguez y Amelia Peláez confraternizan con ángeles y cornetas. Algunos dejan los sustos y sacan de las filas hasta Yemayá o Ho Chi Ming... Por no decir de los otros.
Calle San Lázaro no es menos en la cabalgata hacia el después, vale decir futuro, tan llevado y traído, todavía no hay lumínicos en las aceras para anunciar el Paraíso, o el Volcán, ni la Esquina de Ortega, pero ya bajarán los impuestos para estos adminículos que hicieron de La Habana la estrella del Caribe.
Espera un poco, esas calles volverán a brillar como el fuego de Jerusalén. ¿Qué puede importar ahora un apagón, o el anciano del abrigo rojo tirado en el quicio donde dormía el caballero de París? ¿A quien le podría preocupar la basura en una esquina de Santos Suárez si al lado está la Mansión que tiene la mejor paella de la zona?
A media tarde mil quinientos pesos desde Jovellar a Boyeros en un velocípedo, Olofi debe haber perdido el rumbo, se lo dices a tus santeros, mi vaticinio, como te dije al principio, es para unos pocos años por venir, si no demoran mucho en plantar sus negocios los bienaventurados emprendedores que fueron a escuchar música a Estados Unidos.
Realmente mi querido amigo, bajo el ardiente sol de nuestra patria no habrá placer mayor como una tarde de recuerdos con una cerveza bien fría en el aire acondicionado.
Pero no será para ti ni para mí.
*Elsie Carbó es periodista cubana nacida en Cumanayagua, un municipio del Escambray cienfueguero Trabajó en el periódico Juventud Rebelde. Gran defensora del bienestar animal.