Daniel Rodríguez Verdecia fue en vida un comunista de hacha y machete, a lo martillo y la hoz, que ahora llamaríamos ortodoxo. Cuando yo no llegaba a los veinte años, ya él era secretario del Partido en Manzanillo. Luego fue alcalde, y ahí coincidimos. Me habían puesto de jefe del departamento de arte de la dirección municipal de cultura y la directora estaba enfrascada en terminar una maestría. Entonces "me tocaba" a menudo ir a reuniones presididas por Danielito, como le llamaban.
Usaba Daniel un modo peculiar, rudo pero no carente de humor, de regañar a sus subordinados morosos o indisciplinados. Podía llegar a invocar, en medio del salón donde hay una silla refrendada a Celia Sánchez, el espíritu errante marxista de Agustín Martín Veloz -comunista y practicante del espirismo según Kardec- o el espíritu cantor de Felícita Aleaga, afamada médium unidad del barrio San Nicolas, de Manzanillo, en cuyo Centro -especie de templo del espiritista- cuenta la leyenda que Fidel Castro vio al médico-comandante René Vallejo auspiciar un cordón con un "muerto montao". Fue Felícita la que escondió a la esposa eslava de Vallejo cuando Casillas mandó a capturarla como represalia al enterarse de que el manzanillero se había alzado con los guerrilleros. Cuentan que los guardias rurales del terruño sospechaban que la mujer podía estar escondida en el Centro pero ninguno se atrevió a profanarlo. Tal era el respeto que se le tenía a los espíritus.
La ortodoxia de Daniel Rodríguez Verdecia se volvía más recalcitrante -desde mi punto de vista- cuando se trataba de la cultura artística y literaria. Entendía que el arte sólo debía existir institucionalizado, y que esa institución solo debía servir para reproducir ante las masas, y legitimar, la ideología de la Revolución.
Es natural que Daniel y yo, con apenas 25 años cuando comencé a lidiar desde mi puesto con su alcaldía, tuviéramos serías diferencias. Entonces yo era mucho más irreverente que ahora pero, por alguna razón, mis dardos "envenenados" en medio de sus reuniones, nunca llegaron a ofenderle o a procurarse un antagonismo insalvable de sus conceptos con mi posturas. A lo más que aspiraba era a llamarme "El Muchacho de Cultura", quizás para minimizarme, y yo: "Alcalde" con una peculiar entonación.
Nuestro mayor conflicto se produjo por la programación de la Banda de Conciertos de Manzanillo. Los jueves en la tarde, la centenaria agrupación manzanillera hacía sus retretas, y su sonido molestaba una sagrada reunión que Daniel presidía en la sede del Poder Popular. Entonces él, invariable, rezongaba: "Oye, Muchachito: ¿Tú no crees que esa gente pueda tocar los jueves en otro lugar? ¿Por qué no tocan dentro de La Glorieta y así no interrumpen esta reunión?" Y yo, invariable también: Porque el alcalde que mandó a construir La Glorieta se robó los fondos para la doble cúpula que evitaría que las vibraciones la derrumben. ¿Quiere ser usted el alcalde que quede para la historia como el que hizo que La Glorieta se cayera para que la banda no le molestara una reunión?""Felícita y todos sus espíritus me protejan de semejante condición", decía entre hosco y sonriente. Y terminábamos tablas.
Pero una de esas tardes, a una vicepresidenta del Consejo de la Administración que atendía los asuntos gastronómicos, de nombre Martha Labrada, se le ocurrió que la banda debería dejar de tocar los jueves y, en vez, hacerlo los sábados en las ferias agropecuarias, recreativas y culturales (Así, con tal rimbombamcia, le llamábamos). Los músicos, y el director de la Banda, Bonet de apellido, se opusieron a la idea. Decían que los manzanilleros iban a la feria a hacer colas para comprar productos de alta demanda, a beber cerveza y a bailar con el órgano y la música grabada, que las bandas son de ferias en Europa pero no en la isla de las caderas candentes. Y menos en Manzanillo, donde cualquiera con una sartén y un cucharón, podría armar un sogón* y eliminar la Banda de Conciertos por nockout técnico.
Y así, durante semanas, este entonces jovenzuelo con ínfulas de dirigente cultural, estaba entre la espada del gobierno que quería banda en la feria, y la pared de los músicos que no querían. Poco a poco el resto de los ilustres miembros del consejo de dirección de Cultura, aun los más acérrimos defensores de la tradición, me fueron dejando solo ante los embates de Danielito y Marta Labrada, la vicepresidente. Completamente cercado, hice gala de todo mi poder de convencimiento y, con la decisiva complicidad del instructor de música Ignacio Riverón y de sus contactos en la fábrica de ron Pinilla, nos emborrachamos con Bonet, Colón-el administrador de la Banda de Conciertos- y dos o tres músicos más con liderazgo en la agrupación, y los convencí de que fueran a tocar a la entrada de una especie de anfiteatro, al lado del Cabaret Costa Azul, que llamábamos El Guiñol.
Obviamente nadie atendió a la banda entre el bullicio de las colas y los equipos de audio de los alrededores. Pero Daniel, Marta y los organizadores de la feria estaban convencidos de que habían dado un gran paso en la conciliación de los intereses del pueblo trabajador y las alturas de la creación artística.
Tres semanas después sucedió. Lázaro Expósito, primer secretario del PCC en Granma, daba su recorrido por la feria manzanillera. Una feria especial en saludo a alguna fecha, y porque Lázaro la visitaría con un grupo de artistas y escritores "nacionales" que andaban por Granma. Todo se sincronizó para que, cuando Lázaro y su séquito se acercaran, la banda estuviera tocando La Marcha del 26 de Julio, como el éxtasis de la función ideológica de la cultura artística.
Justo enfrente, la Empresa Avícola Nacional vendía gallinas ex-ponedoras y pollitos. Desde la noche anterior, los interesados habían "organizado" la cola con tickets y todo. Las gallinas ex-ponedoras -que no cluecas- eran de altísima demanda en esa época.
La Marcha del 26 de julio, la venta de gallinas, Expósito, Daniel, la comitiva que se acerca. Una discusión en la cola. La comitiva que llega. La Marcha del 26. Una trifulca en la cola entre dos señoras. Expósito que ve, y Daniel. Dos gallinas son usadas como floretes por las contendiente. La policía, cuyos cuarteles están a menos de una cuadra, que llega. Los ojos de las gallinas desorbitados entre estocadas y jalones de pelos...
En la reunión de evaluación de la Feria, presidida por el indiscutido primer secretario, éste pregunta quién había sido el de cultura al que se le había ocurrido la idea de la banda en la feria. Silencio. Menos mal que hice silencio. Insiste y me mira. Y yo, silencio. Debio darse cuenta de algo cuando le sostuve la mirada. Y no insistió más...
Años después entrevisté a Daniel Rodríguez Verdecia para un documental sobre los logros de Manzanillo que el propio Expósito me había encargado. Ya Danielito no era El Alcalde ni yo El Muchachito de Cultura. Anoche, al leer que habían decidido la subordinación del ICAIC al Ministerio de Cultura, recordé las palabras de Danielito al terminar esa entrevista:
"Nosotros somos del carajo, Giordán, del carajo. Cuando alguien, o algo, no nos conviene pero lo tenemos demasiado atravesado.... Cuando no lo podemos agarrar por 'cuestiones de principios', ni es un corrupto... Entonces lo dejamos solo, dejamos que se vaya marchitando, le quitamos el apoyo centralizado, le cerramos 'la canalita'. Es así como se destimbala a un cuadro, a una institución incluso, que se vuelve demasiado jodedora... Luego, el que viene detrás, sabe que se aclimata o se aclijode"...
Y también recordé las imágenes de mi última visita a la sede del ICAIC junto a un amigo cineasta. Ese día, mi amigo, me contó como Alfredo Guevara, una tarde, en un marco estrecho, había dicho exasperado: "Yo soy el único presidente sin nombramiento oficial de este país. No sé por qué ya no mandan a cerrar este edificio".
Los pisos dislúcidos, con más oscuros que claros, como en una caricatura patética de un fotograma de Buñuel. Las paredes desteñidas al fin grises. Los pasillos deshabitados por la creación humana donde quién sabe si los espíritus de Alfredo, Titón, Santiago Álvarez, Padroncito y tantos otros, andarán errantes, impotentes, ya sin Felícita ni René Vallejo para que los invoquen desde el cordón y los cantos, aunque sea para que ayuden a salvar ese símbolo en pro de la emancipación y la auténtica rebeldía....