En el barrio de Piojo hay poco tránsito. El vecindario se aquieta en la molicie durante el tiempo de las luciérnagas ajustadas a la intermitencia de la única bombilla pública existente. Sin comercios, extinta una base ómnibus al doblar de la esquina, retirados o emigrados los conductores de la zona, generalmente el único pitazo suele producirse a la medianoche. Después que La Doncella Sin Juicio lo abandonara, el claxon de un auto le resulta al Piojo susto y cosquilleo.
Esta noche coincide con el aferramiento a la inminencia del cuerpo: templada piel sin sonrojos ni límites en el umbral de las ausencias y los desencantos de aquel que fuera un hombre. Tropieza con algún cable, el ventilador o la pata de la cama. Logra asomarse por una hendija, con el anhelo erecto, justamente para contemplar como la esperanza ronronea y se aleja, mientras la bombilla de la esquina sigue en su intermitencia y le cierra el telón.
De vuelta a la cama, Piojo y su anhelo erecto se enzarzan en discusiones falo-filosóficas, mierdo-teológicas y concho-gnósticas hasta que uno se dedica a soñar amaneceres en la penumbra y el otro vuelve hosco a su rincón de entrepiernas.
Esta semana extrañamente ha tenido una esperanza por cada madrugada. El claxon de lunes sería para Piojo como el gemido de la muchacha de pelo verde, el del martes vendría con sacudidas de caderas acompasadas con los alaridos de un tal Lennon poniendo las cosas claras en términos de revolution. El claxon del miércoles pasaría en torno a la búsqueda, las caminatas de Piojo por aquella ciudad derruida, aferrada a sus nostalgias, resistida a la eutanasia, que amanece cada jueves junto a la soledad de Piojo por la ausencia de La Doncella sin Juicio, teñida de cualquier color.
A las doce de la noche del viernes no hay claxon. Esta vez la discusión dura casi el mismo tiempo de una jornada laboral: ¨Eres un advenedizo pequeño y arrogante¨, grita Piojo; ¨y tú un flojo cobarde y bruto, incapaz de luchar por lo que quieres¨ sentencia su pene, y así, ofensa tras ofensa, hasta que Piojo –con su manonizquierda, siempre-, y el pene comienzan a transpirar: sedientos, rígidos, aferrados a la posibilidad del único aldabonazo que los podría sacar del tedio bajo las estrellas. Al rato ambos quedan fatigados, lloroso uno, flácido el otro.
Entonces sienten un automóvil detenido justo debajo de la ventana y a una voz llamar a Piojo por su nombre de bautizo.
Llama la voz de una mujer.
Son las ocho de la mañana. ¨Asómate tú¨ Le dice Piojo al pene que no ríe la broma y se esfuerza por retomar la compostura adecuada.
Toques nerviosos en la puerta.
¨Es la policía nacional¨ dice la voz.
¨¿La policía?¨ Se asombra Piojo. ¨Nunca he infringido la ley, que yo sepa, ¿verdad, mi pene?¨
¨ No se haga el simpático. Tenemos una orden de detención contra usted. Será mejor que abra la puerta y salga con las manos en alto. Su casa está rodeada¨
¨¿Puedo preguntar de qué se me acusa?¨
¨No sabemos. Sólo tenemos órdenes de llevarlo al juzgado. No se resista, por favor, que nos pueden quitar la estimulación si tenemos que darle algunos toletazos, por lo del Día Mundial de los Derechos Humanos que se acerca, peor si gastáramos alguna bala plástica con usted, ya sabe cómo está el asunto del ahorro de recursos, eso nos haría un descuento del salario y quisiéramos para la jubilación comprar un auto propio¨.
¨Está bien, abriré la puerta, pero deben permitirme vestirme¨
¨No faltará más, hombre. Vístase con calma¨
Dada la gravedad del asunto, Piojo no le hace caso a las protestas y ofensas del pene: ¨tan pusilánime eres que te mandan una mujer policía a detenerte¨. Piojo lo amordaza fuertemente con el único calzoncillo sin huecos que le queda, y se viste con la seguridad de que todo será uno de esas lamentables confusiones, como cuando la compañía telefónica le corta el servicio porque otro cliente no pagó la factura dentro del término pactado, y luego se demora una semana para enmendar el error.
Abre la puerta y descubre el engaño.
¨¿Vino usted sola a detenerme?¨
¨Es que no hay fuerzas suficientes, pero usted será buenito y cooperará, mire que los vecinos han dado magníficas referencias suyas¨
¨No tengo por qué resistirme ni escapar, pero jode mucho tener que reconocer que el pene de uno tiene la razón¨
La policía, cincuentona y cargada de várices debajo del enorme pantalón, le pone las esposas y le indica que camine en dirección contraria al auto estacionado.
¨¿No vamos en ese auto?¨ Le pregunta Piojo.
¨No, ni siquiera sé quién es el dueño. Dígame una cosa… ¿Habla usted en verdad con su pene?¨
¨No respondo si no es con un abogado¨
¨No se ponga en guardia, que sólo le pregunto por curiosidad. No seré yo quien le interrogue, sino el ilustrísimo juez Sebastián Cara de Cereza¨.
Media hora después llegan a la entrada del juzgado. Suben los escalones entre la aglomeración y llegan hasta la puerta principal en la cual un vigilante detiene a todos. La policía cincuentona hace solo un gesto que denota la presencia de Piojo, y el vigilante les cede el paso diligente, pudiera decirse que con extraño respeto.
Por segunda vez en la mañana alguien, esta vez el venerable señor juez Sebastián Cara de Cerezas, pronuncia el nombre completo de Piojo:
¨… se le acusa del delito de uso continuado y sistemático de la polisemia. Tiene la palabra el representante de la fiscalía total¨.