Por: Benito de la Fuente.
(Tomados de su libro: Buscando el zumo del Azar)
Bicho abisal.
No hay pescado grande que pese poco,
más si
ha sido abisal,
si ha
merodeado fondos de penumbra rocosa
enfrentando
presiones oceánicas de diez kilómetros de alto,
y más
si construyó músculo y resistencia
a
través de milenios de escapes portentosos,
de
ataques con victoria y tensas esperas por la presa.
Si
viene - y tal el caso- de haber sido enmarado en vida cierto tiempo,
este
tipo de bicho
no se
deja comer ni aún después de muerto.
Su
escaso número no se debe, pues, a despiadadas cacerías
ni a
epidemias de fondo,
sino a
escaso desove
y a las
excepcionales condiciones de su sufrida
historia
ontogenética.
Así
tiene que ser.
No le
pidan anuencia conveniente.
La unanimidad
le es tan ajena que tiende a aniquilarlo.
O lo
acepta o lo niega,
pero no
lo intercepte, que puede ser letal
-mortalmente
dialéctico.
No
encasille su esencia...
Cada
poeta, cada artista, viene a ser uno de esos;
no vaya
a pretender que sea liviano
ni
trate de comerlo aunque haya muerto.
Su
carne –indigerible- a simple vista engaña.
Está
contaminada de enzima irreverente.
Su
apariencia frecuente: dócil, amable, despeinado, laxo,
suele
inducir a error. No vive en cautiverio.
No se
le domestica con loas, ni promesas
ni
alimento selecto.
Su
apariencia frecuente nada dice -en verdad- de fuego interno,
de la
energía que emerge de su ancestro,
del
pulso radical de su carácter,
de su
pura sinergia con otros de la estirpe.
Nada dice de cruentos episodios
en los
que ha destrozado
presuntas
fortalezas imbatibles
de un
solo coletazo,
de
mordida certera
o de un
rugido irónico.
porque
se reproduce en cualquier medio
-estoico
ó sibarita, austero ó dispendioso-
con la
tenacidad a la que le ha impelido
su
escasa descendencia
y la
rara misión que trata de cumplir sin recompensa,
aún a
contrapelo de sus terrestres intereses.
Llénese
de paciencia,
trátele
con cariño y deferencia...
Barquisimeto, abril y 2002.
Soneto fácil.
Ya ves, sigo camino a la locura
Un ácido telúrico te quema
remontando los cerros del dilema
aunque puedes, también, cambiar de tema
Barquisimeto, abril y 2002.
Fílin.
La
noche permitida para la ternura,
en el
sitio de siempre las piezas de la esperanza,
el
invierno amenazando lluvia
y allá
dentro, sin censura, el alma.
Quién
eras tú robándome la calma
en las
márgenes suaves del resto de la locura,
a la
luz de tus ojos y la conjura
de los
dioses sencillos de la esperanza.
¿Quién eras tú sino poesía,
quién
eras sino toda entrega,
si eras
la paz que hasta dolía?
¡Quién
fuera yo, otra vez, por ese día!
Qué no
te dije allí que ya no te diría
en las
márgenes suaves del resto de la locura,
a la
luz de tus ojos y la conjura!
de los
dioses sensibles de la alegría.
¿Quién
eras tú sino poesía,
quién
eras sino toda entrega,
si eras
la paz que hasta dolía?
¡Quién
fuera yo, otra vez, por ese día!


