Cuando Fernando Sabag Montiel levantó la Bersa calibre
32 para apuntar contra Cristina Fernández de Kirchner, un brazo policial debió
haberle pegado en la mano en el acto para desviar sus disparos hacia arriba. La
vicepresidenta debería haber estado rodeada por un escudo humano que la
acompañara, guiado por una máxima fundamental: mirando a la gente y no a ella.
En esa zona de máxima proximidad, que los especialistas llaman 001, la custodia
de la Policía Federal que está encargada de cuidar a la figura política más
importante de la Argentina -también la más odiada- no puede fallar. Menos como
lo hizo. No se puede permitir siquiera que alguien saque un encendedor a tres
metros. En eso coinciden los especialistas.
Una vez que el atacante dispara, la custodia debe
tener armado un plan de contingencia para replegar a la persona atacada y
llevársela en el instante, porque puede haber más disparos o un segundo tirador
en otra zona del lugar. El personal policial, que es el que lleva los chalecos
antibalas, tenía obligación de cubrir a Cristina y retirarla en forma urgente
en un operativo que está especificado y se llama tren de fuga. Lo que se hizo
fue todo lo contrario: la vicepresidenta siguió caminando, acercándose a
saludar a la gente.
Millones de personas pudieron ver que, al momento en
que Sabag Montiel gatilla sobre la cabeza de Cristina, la custodia aparecía
lejos, entre distraída y anestesiada. Casualidad o no, Diego Carbone, el
policía federal que es jefe histórico de la custodia de la ex presidenta y la
escolta en forma permanente desde hace casi 20 años, no estaba en la escena. El
jueves 2 estaba de licencia. ¿Alguien sabía que Carbone no iba a estar en la
puerta del departamento de Recoleta?
Mariano Cabral, el secretario privado que es mano
derecha de Cristina, se había ido a su casa un rato antes, cuando terminaba su
turno y, cuando Sabag Montiel se abalanzó sobre ella, la vicepresidenta estaba
acompañada por Diego Bermúdez, otro de sus secretarios. Ni Cabral ni Bermúdez,
que se agachó cuando Sabag Montiel gatilló, son policías.
Nadie en el entorno más próximo de CFK advirtió la
gravedad de lo que había pasado. Cuando ella y sus colaboradores subieron al
departamento de Juncal y Uruguay, alguien mencionó el episodio que originó un
tumulto pero el tema fue minimizado. Crease o no, recién 25 minutos después,
cuando aparecieron las imágenes de Sabag Montiel, la custodia y la
vicepresidenta lograron entender lo que había pasado.
Lo que hubiera podido pasar en un país que se
acostumbra a los hechos consumados para reaccionar tarde, nadie quiere ni puede
imaginarlo. Pero la fragilidad de la vicepresidenta, aún demonizada por parte
de la oposición, es la de una democracia que hace agua por demasiados costados.
El jueves a la noche, Cristina estaba regalada: el Frente de Todos, su
particular creación, también. Fundamental para cualquier gobierno y para
cualquier sociedad, la gran movilización que se dio en distintos lugares del
país el viernes da cuenta del respaldo que tienen CFK y el sistema pese a todo,
pero no puede suplir la tarea que debería estar en manos de profesionales.
Cuando Cristina y
sus colaboradores subieron al departamento de Juncal y Uruguay, alguien
mencionó el episodio, el tema fue minimizado. Crease o no, recién 25 minutos
después, cuando aparecieron las imágenes de Sabag Montiel, la custodia y la
vicepresidenta lograron entender lo que había pasado.
El intento de magnicidio de la vicepresidenta fracasó
por razones mecánicas, pero a Sabag Montiel le salió casi todo bien. Pese a que
se trata de un neonazi que se autodelata desde hace tiempo en las redes y se
candidateaba para abonado en Crónica TV, el atacante llegó armado hasta el
lugar sin que nadie lo advirtiera, sacó su arma y disparó. Solo falló en el
último de sus procedimientos. Respuesta letal a la consigna festiva "si la
tocan a Cristina": más que tocarla, sus enemigos vienen de demostrar que
la pueden fusilar.
En un contexto de alta polarización que lleva 15 años,
con una Cristina que acaba de entregarse al ajuste más ortodoxo para tomar
distancia del abismo económico por un tiempo, el pedido del fiscal Diego
Luciani para que vaya a la cárcel y quede inhabilitada de por vida para ser
parte del juego político le regaló a la vicepresidenta una oportunidad
impensada. Generó, además, una reacción de la militancia kirchnerista que salió
a defender su derecho a seguir siendo parte de la democracia detrás de su
líder.
A partir del apoyo social que comenzó a recibir en la
puerta de su casa, Cristina se desplazó hacia un rol que había frecuentado muy
pocas veces en su vida política, el de mezclarse con la multitud. Se trata de
una decisión más propia de aquel Néstor Kirchner que disfrutaba de zambullirse
entre la gente. Pero lo hacía siempre escoltado por su sombra, el comisario
Héctor Patrignani, un policía de nervios de acero que le siguió el paso hasta
el día de su muerte. Acompañaba a Kirchner en la Casa Rosada, en el conurbano y
hasta cuando salía a caminar en El Calafate. Desde enero de 2020, es el
director general de Seguridad del Senado.
Ante lo que percibe como un renovado hostigamiento
judicial, la vicepresidenta se precipitó al contacto con la militancia y
decidió exponerse de una manera que nunca lo había hecho. En ese rol
desconocido que asumió obligada por las circunstancias y que, según dicen, la
llena de fuerza, la custodia parece no haber tomado nota de la escalada de odio
que suelen tanto denunciar como magnificar desde el oficialismo. No son pocos
los que quieren sacarla de la cancha, como sea y ahora mismo.
Ya en el fin de semana previo al intento de asesinato
de Sabag Montiel, Cristina había aparecido caminando mezclada entre la gente:
sin red, sin cordón policial y expuesta a cualquier agresión, como lo muestra
la imagen del fotógrafo de Télam Alejandro Santa Cruz que acompañó esta columna
la semana pasada. Si de control de las fuerzas de seguridad y cacheos se trata,
en Argentina es mucho más difícil ingresar a ver un partido de fútbol que
acercarse a la vicepresidenta.
A eso se le sumó un episodio que debió haber hecho
sonar las alarmas pero no lo hizo. Un día antes de que Sabag Montiel gatillara
sobre la vicepresidenta, un repartidor de Rappi pasó por la puerta de la casa,
insultó a la vicepresidenta y amenazó con una tenaza que tenía en su mochila.
Es probable que haya ido a probar reacciones y que haya advertido que primaba
la mansedumbre.
A partir del apoyo
que comenzó a recibir en la puerta de su casa, Cristina se desplazó hacia un
rol que había frecuentado muy pocas veces en su vida política: el de mezclarse
con la multitud como lo hacía aquel Néstor Kirchner que disfrutaba de
zambullirse entre la gente.
En el entorno de Cristina conviven distintas
opiniones. Hay quienes sostienen que es muy difícil sostener la guardia alta
durante tantos años de exposición pública y relatan la interminable seguidilla
de actos que CFK protagonizó, en especial desde que abandonó la presidencia,
fue candidata a senadora en soledad en 2017 y volvió al poder como factotum del
raro experimento de poder del Frente de Todos. Pero también hay otros que
advierten el corazón del populismo argentino un fuerte componente liberal que
los lleva a relajarse por completo ante situaciones como las del jueves 2. Como
si en este punto no fuera el peronismo, sino el Frepaso el que estuviera
gobernando.
Al margen de la disputa con un Horacio Rodríguez
Larreta que se deja correr por Patricia Bullrich y, mientras pierde las plumas
de paloma, potencia los conflictos que dice querer evitar, la creación de la
Policía Metropolitana afectó de manera indudable a la Policía Federal que
resignó poder en muchos niveles. Los que conocen ese universo advierten que
entre las razones que explican lo que pasó el jueves está el desguace de la
Federal que hace no tanto fue famosa por tener una área de Inteligencia tan
pesada y eficaz como para infiltrarse en la comunidad judía o en los organismos
de derechos humanos. Hoy mira para otro lado ante neonazis que hacen campaña en
las redes y se disfrazan de pueblo en los programas de Crónica TV.
Hoy sin gran parte de la recaudación de los negocios
emergentes de la calle y con parte de los suboficiales que pasaron a la
Metropolitana, parece una metáfora del Estado nacional que no tiene conducción
y no controla nada. Lo mismo piensan algunos dentro del oficialismo puede
decirse de la ex AFI. En palabras de un ex funcionario que trabajó para
distintos gobiernos en el área de Seguridad: "Hay una ingenuidad pavorosa
en el Estado argentino".
Lejos quedó el tiempo en que Antonio "Jaime"
Stiuso, aliado a la CIA, y Jorge "Fino" Palacios, en línea con el
FBI, se disputaban la conducción de la seguridad estatal. Cristina que se
enfrentó -tarde pero hasta el final y sin retorno- con el ex jefe de
Contrainteligencia que gobernaba a Alberto Nisman ahora aparece desguarnecida,
en estado de indefensión.
Miguel Robles, ex titular Delitos Complejos del
Ministerio de Seguridad durante la gestión de Nilda Garré, acaba de relatar con
detalle en Cba24 un encuentro que tuvo con Cristina en 2011, cuando ella misma
le dijo sobre su custodia: "Quiero que sepas que sé muy bien que son un
total y completo desastre". Era la CFK que estaba a punto de ser
plebiscitada con el excepcional 54%.
Hoy el país es un festival de servicios de
inteligencia que siguen la pista del avión venezolano iraní mientras la
inteligencia se privatiza en beneficio empresario y el Estado argentino aparece
sin instrumentos. Hijo de la cultura hippie como se define, Alberto Fernández
subestimó el tema desde el primer minuto como lo hizo con tantos otros.
Así como le pasa con las reservas del Banco Central
que le regaló baratas a las grandes empresas de la Argentina durante casi dos
años, el profesor de Derecho Penal que está a cargo del Ejecutivo no cuenta con
resortes de poder esenciales para garantizar la gobernabilidad.
Algunos radicales, que fueron parte del gobierno de
Raúl Alfonsín, recordaron en las últimas horas el aire de los años 80 cuando
grupos minoritarios de ultraderecha eran parte de un activismo amplio que
coincidía con los levantamientos carapintadas. Criaturas raras que tenían
autonomía pero al mismo tiempo formaban parte de una composición general.
Será tarea de las pericias y de los investigadores
confirmar qué fue lo que impidió que las balas de la Bersa mataran a Cristina.
Nada podrá convencer, de todas maneras, a una parte de la sociedad que cree que
Alberto Nisman fue asesinado y que señala desde hace más de 7 años como autora
del supuesto crimen a la propia vicepresidenta. Tampoco a los empresarios
poderosos que hoy mandan a propagar la versión de que lo que pasó el jueves fue
una farsa.
Sabag Montiel tenía balas para un 9 milímetros corto y
consiguió una pistola vieja Bersa calibre 32. La pistola semiautomática no
tenía balas en la recamara y, según piensan los especialistas, puede haber más
de una hipótesis técnica para explicarlo. Tal vez el atacante no se ocupó de
cargarla dos cuadras antes de llegar al lugar. Tal vez, las balas hayan sido
viejas porque el fulminante envejece con el tiempo.
El atacante no era
un lobo solitario como el que en 1981 atacó a Ronald Reagan en Washington y le
perforó el pulmón. Sabag Montiel es parte de un grupo de neonazis y su discurso
coincide con el de los sectores más duros de la oposición.
La pistola tenía un cargador viejo y su resorte puede
tener menos flexibilidad. Un arma que estuvo mucho tiempo con el cargador
comprimido tiene un resorte envejecido y no hace la debida presión sobre la
bala. En ese tipo de situaciones, la corredera pasa por arriba de la bala en
lugar de arrastrarla hasta el caño y no termina de montarla para que se
encuentre lista para disparar. Es el resorte del cargador el que engaña al
tirador que cree que ya cargó el arma y no advierte que el proyectil no entró.
Cualquier tirador profesional o miembro de las fuerzas de seguridad sabe que un
cargador viejo debe descartarse y usar uno nuevo. Es posible que el falso
opinólogo callejero Sabag Montiel no lo supiera.
El atacante no era un lobo solitario como el que en
1981 atacó a Ronald Reagan en Washington, a 70 días de haber asumido el poder,
y le perforó el pulmón. Después de ver Taxi Driver al menos 15 veces y
obsesionarse con Jodie Foster, John Hinckley Junior efectuó seis disparos sobre
el entonces presidente y terminó en un hospital psiquiátrico hasta 2016. Sabag
Montiel es parte de un grupo de neonazis y su discurso coincide con el de los
sectores más duros de la oposición. Habrá que ver si tiene vinculaciones con
algún actor del poder o es simplemente un militante que decidió actuar en
consonancia con los discursos de odio y hacer lo que muchos otros recomiendan
como salida para la Argentina.
Que Baby Etchecopar haya editorializado con un
"Todos somos Cristina" y Mauricio Macri haya salido rápido a despegar
del ataque puede ser una buena señal o la reacción lógica de sectores que
juegan con fuego las 24 horas, pero no quieren enfrentarse en los hechos las
eventuales consecuencias de su prédica. Enojada con un Macri que repite en
privado que su ex ministra no está preparada para gobernar, Patricia Bullrich
tiene otra lógica y pretende ir a fondo con su campaña.
Si algo no puede discutirle nadie a la vicepresidenta
es su liderazgo. El 90% de la dirigencia política, que se dice partidaria del
promocionado consenso sin practicarlo, tendrá que definir si sigue a Bullrich y
a Milei, se diferencia como lo hacen algunos desde el radicalismo o permanece
licuada en la intrascendencia. Para el acuerdo del que tanto se habla, hacen
falta nuevos líderes que no le tengan miedo a las patotas de las redes sociales
y asuman el riesgo de conducir en serio, tarea ciclópea. Si lo logran y -como
Larreta- pretenden gobernar como si lo que representa Cristina fuera apenas un
fenómeno marginal, puede ser que vuelvan a ganar una elección para equivocarse
otra vez en el poder.